La ciudad como cuerpo y símbolo
Desde sus inicios en la Valencia de los años sesenta, Miquel Navarro, que este año celebra su 80 cumpleaños, ha desarrollado una de las trayectorias más singulares y reconocibles del arte contemporáneo español.
Formado en la Escuela de Bellas Artes de San Carlos, su trabajo ha estado marcado desde el principio por una inquietud constante en torno al espacio, el poder de las formas y la relación entre el individuo y su entorno construido.
Aunque inició su carrera como pintor, fue en la escultura donde encontró el medio más adecuado para materializar su imaginario. En 1973 presentó su primera “Ciutat”, una pieza paradigmática que sentaría las bases de una extensa serie de instalaciones y conjuntos escultóricos concebidos como microcosmos urbanos.
Estas obras, compuestas por elementos modulares de barro, evocaban paisajes industriales, militares o arqueológicos, y apuntaban a una visión de la ciudad como organismo vivo, como extensión del cuerpo y, al mismo tiempo, como símbolo del poder y del orden.
A lo largo de las siguientes décadas, Navarro fue ampliando su vocabulario formal. Incorporó materiales como el hierro, el aluminio o el zinc, lo que le permitió afrontar obras de mayor escala y durabilidad, abriendo paso a intervenciones en el espacio público de distintas ciudades.
Paralelamente, desarrolló un conjunto de figuras totémicas de gran verticalidad y fuerte carga simbólica, a medio camino entre la anatomía humana y la arquitectura, entre el ídolo arcaico y la torre contemporánea.
Navarro pertenece a una generación de artistas que en los años setenta replanteó radicalmente el papel de la escultura, alejándola del pedestal y llevándola al terreno expandido de la instalación, el paisaje y la acción.
Su trabajo se sitúa en una zona de cruce entre lo físico y lo metafórico, entre lo técnico y lo espiritual, donde la forma no es solo presencia, sino también evocación. La proyección internacional de su obra comenzó a consolidarse en los años ochenta, con exposiciones en instituciones como el Museo Guggenheim de Nueva York (1980) y, más adelante, en Berlín, Florencia, Ciudad de México o Tokio.
En 1986 recibió el Premio Nacional de Artes Plásticas, en reconocimiento a una obra que ha sabido mantenerse fiel a sus fundamentos sin dejar de evolucionar. Hoy, la escultura de Miquel Navarro ocupa un lugar destacado en colecciones como el Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía, el IVAM, el Centro Pompidou, el MACBA, el Museo Guggenheim de Nueva York y la UNESCO.
Su obra pública forma parte del paisaje urbano de ciudades como Valencia, Madrid, Barcelona, Murcia o Bruselas, donde sus figuras monumentales se alzan como hitos silenciosos, cargadas de memoria y significado.
A través de sus ciudades, sus cuerpos-escultura y sus paisajes imaginarios, Navarro ha construido una obra que interroga nuestra relación con la materia, el poder y el tiempo. Una escultura que no solo se contempla, sino que se habita mentalmente.