Exposición

De la escultura que vibra

Artistas
Jorge Oteiza, Elías Crespín y Dagoberto Rodríguez
Fechas
26/02/2026-1/04/2026

Hay esculturas que pesan, y otras que respiran. Jorge Oteiza, Elías Crespín y Dagoberto Rodríguez pertenecen a generaciones, geografías y sistemas de pensamiento distintos, pero sus trayectorias parecen encontrarse en un territorio común: ese lugar donde la escultura deja de ser volumen para convertirse en una forma de activar el espacio y la mirada.

Oteiza, nacido en Orio en 1908, entendió muy pronto que la escultura no podía seguir midiendo su valor en gramos de materia. Su investigación —una de las más radicales del arte del siglo XX en España— se adentró en el vacío como un campo de revelación.

Al retirar, abrir y desocupar, buscaba liberar una energía latente que no dependía del peso, sino de la tensión interior de la forma. Sus cajas abiertas no son objetos: son silencios materializados.

Décadas después, desde otra latitud, Elías Crespín (Caracas, 1965) encontró en el movimiento programado una vía para continuar esa desmaterialización. Nieto de Gego e hijo de un ambiente donde ingeniería y arte se codeaban naturalmente, Crespín transforma líneas geométricas en constelaciones móviles, suspendidas en un vaivén continuo.

Donde Oteiza retiraba materia para permitir que el espacio respirara, Crespín introduce una respiración real: una cadencia que expande, contrae y reescribe el espacio en el tiempo.

En la obra de Dagoberto Rodríguez (Caibarién, 1969), cofundador del colectivo Los Carpinteros y protagonista destacado del arte cubano contemporáneo, la cuestión de la ligereza adquiere otra dimensión.

No se trata solo de liberar la escultura del peso físico, sino de señalar los pesos simbólicos que condicionan la vida en común. Su trabajo —desde los primeros años del colectivo hasta sus proyectos recientes— articula estructuras que desvelan la arquitectura ideológica de la sociedad: planos, maquetas, dispositivos y paisajes que respiran política.

Rodríguez no vacía ni hace vibrar el espacio: lo tensiona. Lo convierte en un lugar donde la estética y la historia friccionan. Así, sin proponérselo, los tres artistas dibujan un arco. Oteiza plantea el vacío como origen; Crespín lo convierte en movimiento; Rodríguez lo carga de memoria y conflicto.

En los tres, la escultura pierde masa y gana intensidad. No se define por el metal, el motor o el plano arquitectónico, sino por su capacidad para activar un pensamiento en el espectador.

En un tiempo en que la escultura ya no necesita justificar su presencia a través de la monumentalidad, las obras de Oteiza, Crespín y Rodríguez enseñan que la liviandad no es ausencia, sino método. Es una estrategia para pensar el espacio —físico, social, histórico— desde la sutileza y no desde la imposición.

Una forma de volver perceptible aquello que, en condiciones normales, permanece oculto: el silencio, la vibración o la estructura del mundo que habitamos. En este diálogo improbable entre un maestro vasco que buscó la esencia, un artista venezolano que coreografía el vacío y un creador cubano que interroga la arquitectura social, la escultura aparece como un organismo vivo.

Algo que no pesa, sino que respira. Jorge Oteiza (Orio, Guipúzcoa, 1908 – San Sebastián, 2003) fue uno de los artistas y pensadores más influyentes del arte español del siglo XX. Escultor, teórico, poeta y ensayista, su obra trascendió lo estrictamente plástico para convertirse en una profunda investigación sobre el espacio, el vacío y la función espiritual del arte.

Tras una primera formación autodidacta, vivió largos periodos en América Latina, especialmente en Argentina y Chile, donde desarrolló una intensa actividad artística y reflexiva. A su regreso al País Vasco en los años cincuenta, Oteiza emprendió su célebre “Propósito experimental”, una investigación escultórica centrada en la desocupación del espacio y la progresiva eliminación de la masa.

Este proceso culminó en 1959, cuando decidió abandonar prácticamente la práctica escultórica al considerar concluida su búsqueda. Ese mismo año obtuvo el Gran Premio de Escultura en la Bienal de São Paulo, reconocimiento internacional que consolidó su figura.

Desde entonces, Oteiza volcó su energía en la escritura, la pedagogía y la reflexión crítica sobre la cultura vasca, la educación artística y el papel del arte en la sociedad. Fue una figura clave en la renovación del arte vasco y una influencia decisiva para generaciones posteriores.

Su legado se conserva y estudia hoy en el Museo Oteiza, en Alzuza (Navarra), que alberga su obra y pensamiento. Elías Crespín (Caracas, 1965) es un artista venezolano reconocido internacionalmente por sus esculturas cinéticas basadas en sistemas de movimiento programados mediante algoritmos.

Nieto de la artista Gego (Gertrud Goldschmidt), figura clave del arte cinético y abstracto latinoamericano, Crespín creció en un entorno marcado por el rigor geométrico y la experimentación espacial.

No obstante, su formación inicial fue en ingeniería informática, campo que influiría decisivamente en su aproximación artística. Desde mediados de los años noventa, Crespín ha desarrollado esculturas móviles compuestas por estructuras geométricas suspendidas —cubos, líneas o módulos— que se desplazan lentamente en el espacio siguiendo secuencias matemáticas cuidadosamente diseñadas.

El propio artista programa los movimientos, generando coreografías silenciosas y precisas que transforman continuamente la percepción del volumen, el equilibrio y el tiempo. El movimiento se presenta como una experiencia sutil y contemplativa, más cercana a la respiración que al espectáculo.

La obra de Crespín dialoga con la tradición del arte cinético latinoamericano, en particular con artistas como Jesús Rafael Soto y Carlos Cruz-Diez, pero incorpora una dimensión contemporánea al integrar tecnología digital, pensamiento algorítmico y una poética del movimiento controlado.

Ha expuesto en instituciones internacionales como el Palais de Tokyo y el Museo del Louvre en París, así como en museos y galerías de Europa, Estados Unidos y América Latina. Su obra forma parte de importantes colecciones públicas y privadas, consolidando su posición dentro del arte contemporáneo cinético.

Dagoberto Rodríguez (Caibarién, Cuba, 1969) es un artista cubano cuya obra se sitúa en el cruce entre escultura, dibujo, arquitectura y pensamiento político. Formado en el Instituto Superior de Arte (ISA) de La Habana, Rodríguez fue miembro fundador del colectivo Los Carpinteros en 1991, grupo con el que desarrolló durante más de dos décadas una práctica ampliamente reconocida por su precisión formal y su aguda reflexión sobre los sistemas de poder, la ideología y el espacio construido.

Tras la disolución del colectivo en 2018, inició una etapa individual que ha ampliado y radicalizado muchas de sus preocupaciones conceptuales. En su trabajo en solitario, Rodríguez investiga la relación entre lenguaje, memoria histórica y estructuras de control, recurriendo a objetos escultóricos, instalaciones y dibujos que remiten tanto a la arquitectura moderna como a símbolos políticos y culturales.

Sus obras suelen partir de una economía de medios y una fuerte carga conceptual, donde el humor, la ironía y la ambigüedad funcionan como estrategias críticas. El espacio expositivo se convierte en un campo de reflexión sobre el poder, la educación, la utopía y sus fracasos.

La obra de Dagoberto Rodríguez ha sido expuesta en importantes museos e instituciones internacionales, como el Museo Reina Sofía, el MoMA, la Tate Modern y el Centre Pompidou, y forma parte de numerosas colecciones públicas y privadas.

Su práctica actual confirma una voz madura y rigurosa dentro del arte contemporáneo internacional, marcada por una constante interrogación sobre el contexto social y político.